El efecto ventanilla / #tomksk

Llevábamos ya un buen rato parados en aquella estación, tanto que empezaba a preguntarme cómo sería la ciudad en la que me hallaba detenido tentado de apearme e iniciar una aventura exploratoria por aquella urbe en la que el destino había decidido que el tren se parara más tiempo de lo habitual.

En esos pensamientos estaba cuando casi sin notarlo el tren arrancó suavemente.

.-Uff!, por fin!, me dije.
Tenía una importante reunión en Madrid y no quería llegar tarde.

Tan suavemente arrancó que no noté tirón alguno ni vibración tampoco. Me dí cuenta de que nos movíamos porque por el rabillo del ojo vi claramente como el tren, por fin, iniciaba lenta pero segura, su marcha hacia mi reunión en la capital del reino.

Aparté la vista del móvil, en el que me había estado entreteniendo con el correo, la prensa y todo eso que hacemos con el móvil cuando no sabemos exactamente que hacer, para observar la estación de la que estábamos saliendo, pero no puede ver nada porque durante mi estancia allí, un tren de mercancías había estado detenido todo el tiempo, justo al lado de mi ventanilla y no me dejaba ver el andén. Mi AVE aceleraba con la misma suavidad con la que había arrancado y se dirigía, apacible, hacia el túnel por el que saldríamos de la ciudad para ganar, por fin, campo abierto y enfilar hacia mi prometedora reunión.

Ahora quiero ponerme en modo pausa un momento para tomar una instantánea de la situación: Yo, sentado en un vagón del AVE moviéndonos, avanzando hacia mi reunión en Madrid. Fuera, una estación de una ciudad desconocida que inmóvil se quedaba atrás.

.- No está mal, pensé, .
.- Voy al encuentro de un posible buen negocio. Hay que moverse!.

Andaba complaciéndome en estas cavilaciones cuando, de repente, sucedió algo que cambió 180 grados mi punto de vista. Los seis pares de músculos que dibujaban una leve sonrisa en mi cara dejaron de actuar y mi sonriente gesto se tornó sorpresa primero y enfado después.
He de decir que todo sucedió en apenas diez segundos pero la sensación fué de tal calado que hoy, casi tres años después, me veo aún en aquel vagón del AVE cariacontecido y malhumorado por lo fútil de mi vanidad.

.- Voy al encuentro de un posible negocio. Hay que moverse!. Recordé.

.- Entonces…?
Resulta que de repente mi tren se detuvo en seco y la oscuridad que estaba esperando hallar en el túnel se truncó por la clara  visión del andén en su totalidad. La estación estaba allí quieta, inmóvil. Tan quieta e inmóvil como mi tren que aún estaba detenido en su vía esperando la luz verde que ahora, que el tren de al lado había partido no tardarían en poner.

.- Qué había ocurrido?

Pues sencillamente que el tren que se hallaba detenido en la vía de al lado cuando llegamos a la estación, se había  puesto en marcha en dirección contraria a la mía y yo, en mi ensimismamiento, al notar su movimiento hacia atrás lo había confundido con el mío hacia adelante. Eran tantas las ganas que tenía de avanzar hacia mi reunión que confundí el movimiento del otro tren con el mío propio. Craso error de apreciación.

Me tranquiliza saber que no soy el único al que le ha sucedido. Aunque ya se sabe que mal de muchos….

Pero…
¿A qué viene todas esta historia de trenes en mi colección de artículos sobre la Transformación Digital y las nuevas maneras de gestionar la empresa?.

Pues muy sencillo: porque, con pena vengo observando, que a muchos, por no decir muchísimos empresarios y directivos de nuestra típica Pyme les sucede lo mismo: El efecto ventanilla.

Se asoman a la ventana del Mundo y ven que todo está cambiando, ven como cambian las formas, los materiales, los procedimientos, como se aplanan los organigramas, como el trabajo a distancia y en equipo les ganan terreno a la mesa y al PC de torre, hasta llegan a ver como circula la nube a su alrededor…
Y en toda esta visión de movimiento creen -al igual que creí yo en aquella estación- que son ellos quienes avanzan, sin darse cuenta de que son solamente meros espectadores y que en su estática observación del cambio van quedándose cada día más atrás. Y que si continúan en la simple y pasiva observación van a quedarse para siempre en esa estación y nunca jamás van a llegar a su destino.

Su competencia, sí.

Dios, no sé si hoy me he pasado un par de estaciones !!

 

 

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