Cenar con Cecilia

Cenar con Cecilia

23 julio, 2018 0 Por cocin4

La cita había sido en un aparentemente desenfadado (pero muy exclusivo) restaurante del Born barcelonés con alguien que podía llegar a convertirse en algo más que un simple ligue. La había conocido por Internet y curiosamente había dado en el clavo. Y digo curiosamente porque el ratio de conversión de las citas por Internet es de 10 a 1 por lo menos. Y lo sé por experiencia.

La mesa, cuidadosamente elegida el día anterior, estaba situada en un rincón al fondo del establecimiento en una zona algo penumbrosa que le confería una entrañable intimidad a la vez que gozaba de una vista panorámica sobre el resto de comensales por si fallaba la conversación y teníamos que nutrir el diálogo criticando a alguien.

Ideal!.

Escargots, ancas de rana y una ensalada de mil hierbas mediterráneas, todo regado con un vino de la tierra, hacían de catalizadores de una atracción mutua, o tal vez debería decir interés, que se percibía en cada gesto, en cada mirada,…
Simplemente se percibía. Ninguno se aventuró a dar un paso más pues los dos sabíamos que ese juego, para que resulte sabroso ha de cocerse a fuego lento.

Despacio!.

Luego, ya habría tiempo para soltarse el pelo y lo que hiciera falta.

El vino sutilmente embriagador y la conversación fluida, amable y desenfadada a la vez que interesante (y hasta algo trascendente) estaban poniendo el broche a un primer encuentro afortunado.

Todo muy natural, muy suelto…

Flotaba en el ambiente un cierto aire de complicidad. Sí, era evidente que nos gustábamos pero era aún muy temprano para cometer la niñería de rozarnos distraídamente la mano al coger el azúcar.

Cecilia, que así se llamaba la que en la web de citas decía ser Patricia, no había dejado de sonreír y todo parecía indicar que la velada estaba resultando perfecta y parecía futurible.

Estábamos en el café. Bueno yo en el café, porque ella pidió unas hierbas con unas gotitas de anís. Me estaba comentando algo sobre la insustancialidad de las noticias que corren por whatsapp cuando de repente la salsa de la merluza me jugó una mala pasada y los ligeros retortijones, que ya me había mandado como aviso, se convirtieron en una imperiosa necesidad de desventrar, de sacar todo fuera, de cagar vaya!.

Y que nadie se asuste ni se ofenda porque cagar, caga desde el Papa, hasta Donald Trump pasando por la reina de Inglaterra y Sor Teresa de la Cruz. Cagar. Lo que se dice cagar, cagan las moscas, los elefantes y las palomas. Esas, por cierto, a veces con muy mala fortuna.

Bueno a lo que íbamos.

Me dió un super retortijón y no tuve más remedio que poner cara de circunstancias, mirar a mi recién descubierta posible pareja y excusar algo así como,

.-disculpa, voy a lavarme las manos, los caracoles…

Ahora paso a narrar en presente y en primera persona del plural porque quiero que vivas conmigo lo que aquella noche sucedió. Aunque en realidad voy a mezclar a mi antojo tiempos verbales conjunciones y preposiciones de manera que le den más realismo al relato.

Bueno, allá voy.

Estámos en el baño, en el water más exactamente.

Ya nos hemos sentado o simplemente agachado, eso depende de lo limpia o lo guarra que esté la taza. Cerramos ligeramente los ojos, o los entornamos y… nuestro bulbo raquídeo le da la orden precisa al esfínter anal, que se abre sin dilación y los caracoles, las ranas, las hierbas del mediterráneo y el postre que acabamos de tomar o el menú de la comida anterior (no sé exactamente lo que salió) se precipitan impulsados por las convulsiones intestinales y por la gravedad hacia el agua que reposa tranquila e inocente en el fondo del inodoro sin esperar ni imaginar siquiera la que se le va a venir encima.

Si hay suerte, no hay salpicaduras y todo fluye sin interrupciones ni vientos cruzados que salpiquen nuestros glúteos, al cabo de unos segundos, con un rápido orgasmo fecal, y tal vez un par de pedos, todo ha acabado.

Abrimos los ojos, relajamos la cara, suspiramos ligeramente para dar fe del alivio que sentimos. Y ya está,

.-uff!.

Ahora, hemos de volver rápido a la mesa y proseguir el encuentro como si nada hubiera ocurrido.

La Tragedia

Pero ahora es cuando sobreviene la tragedia.

Una vez el esfínter le manda a nuestro cerebro la señal de que todo ha acabado, éste genera una nueva orden, esta vez a nuestra mano para que coja el papel y empiece la fase de eliminación y limpiado de residuos.

Tiramos del papel, que asoma por el dispensador y cuál es nuestra sorpresa y nuestro horror al comprobar que sale una hojita de papel higiénico de no más de 15 centímetros de largo y… no hay nada más!

No hay papel!.

Nuestro lindo culito está mojado y muy sucio pues nos damos cuenta que en la acción defecatoria, ha habido alguna turbulencia y nos ha dejado el trasero y parte de los muslos hechos unos zorrros con unas adherencias sólido-líquidas muy molestas y de muy difícil eliminación sin el milagroso papel a mano.

No hubo más remedio, tuve que usar toda la ropa interior: camiseta, calzoncilos y hasta los calcetines para conseguir un limpiado total.
Luego, después de un buen lavado de manos y tras casi 15 minutos de aventura volví a la mesa pensando en qué excusa iba a darle a mi maravillosa compañera de cena.

.-?

No hizo falta excusa alguna, cuando llegué a la mesa Cecilia no estaba, llegó al cabo de otros 10 minutos sonriente y bien oliente, se sentó delante de mí y me dijo:

.- ¿de qué estábamos hablando?.

Salvado por la campana.